Belcebú en llamas

de Carlos Gardini.
Mar del Plata, Letra Sudaca. 2016.

Como casi siempre, llegué tarde. La literatura es algo así, siempre llega un poco tarde y nosotros también llegamos tarde a ella. Lo cierto es que en 2016 los editores de Letra Sudaca publicaron Belcebú en llamas de Carlos Gardini y mi hermano, Gastón Prado, ilustró su tapa. Es decir, por varios frentes me vi invitado a leer el libro y así lo hice. Fue una lectura apasionada, de esas que te hacen sentir identificado, superado y abatido al mismo tiempo, en cierta medida Gardini ya era, hacía bastante tiempo, el escritor que yo quisiera ser.

Había cierto halo de misterio alrededor del libro, se trataba de ciencia ficción y de algo más también, que sus editores insinuaban y no terminaban de explicitar, invitándome a que leyera. A su vez, el libro había hecho ese camino que poco tiene que ver con la literatura pero que en gran medida lo consagraba, el de los premios: había ganado en 2007 el  UPC, uno de los principales medios por los cuales un escritor de ciencia ficción latinoamericano podría ir al viejo continente y volver con algo bajo el brazo que llamara la atención sobre su persona y con suerte sobre su libro.

La cuestión es que lo leí durante el año pasado y pensé en escribir una reseña. Mientras lo leía me veía constantemente invitado a escribir algo sobre… y después las obligaciones y los vaivenes de la montaña rusa que suelen ser algunos años hicieron que la cosa se postergara. Fui doblando puntas de hojas y escribiendo apuntes en la última, armando el mapa que usaría. Y ahora, que en el ínterin entre mi lectura y la posibilidad de escribir esta reseña, Gardini falleció, de nuevo me siento llegando tarde pero eso no me quita la motivación de escribir esto, a modo de pequeño y discreto homenaje.

Lo primero que salta a la vista, que me saltó a la vista cuando leía la novela, fue que desde un tiempo para acá o tal vez desde el comienzo, la ciencia ficción está más cerca de la ciencia social que de la ciencia dura porque en la mayor parte de los casos las preguntas vienen por el lado de qué pasará con la sociedad, con las personas, con el mundo, cuando se haya desarrollado el potencial que podemos más o menos prever de la ciencia y la técnica. Es decir, los axiomas son científicos, por ejemplo, en algún momento “podremos”, podrán quienes sean que vivan por acá en algunos pares de siglos, viajar a otros planetas, habrá un desarrollo técnico que lo permitirá. Ahora, desde ese axioma la ciencia ficción nos dice “ok, ese es nuestro punto de partida, pero cómo es que se llega a eso, cómo es que las personas siguen pareciéndose a nosotros cuando tanto han cambiado sus posibilidades, cuánto se habrán diferenciado, cómo serán las relaciones entre ellas, cómo, cómo, cómo.” Y así comienzan los relatos.

El de Gardini lo hace con dos epígrafes: el primero es de los Diarios de Thoreau y en él se pregunta qué tipo de ciencia privilegia el entendimiento sobre la imaginación; el segundo es una cita de Quintana-Gupta en la que se define tautológicamente el universo como un instrumento constituido por cuerdas que tañen una música que es el universo.

Gardini tiene cierto modo de encarar el relato más o menos tradicional: una persona al final de su vida, retirado, en una primera página excepcional en la que se despliegan y condensan el personaje, el universo, la historia y el conflicto, sabe que la vienen a buscar. Quien viene a buscarlo es una Hermana de su comunidad, que se encuentra en la contradicción de acabar con la vida de una leyenda, la de Hermano Quinto, o postergar un poco el paso al acto para escuchar de su boca la historia que tiene para contar, su propia versión de los hechos. Y finalmente, claro, le concede ese tiempo, porque si no, no habría novela. Así es que Hermano Quinto se dispone a contar para ella, su perseguidora y para todos nosotros la historia principal, su visita a Belcebú, un planeta al que fue enviado por la Hermandad Silente, una congregación de monjes mercenarios que a base de contratos cumplen misiones alrededor del universo.

De a poco se da el ingreso a una atmósfera por demás extraña, cruza de ciencia ficción y religiosidad futura, en la que un archivo secreto de Artes Bióticas guardado por la Iglesia Trinitaria habilita la resurrección de algunos, entre ellos, de quien recibe a Hermano Quinto en Belcebú, un planeta experimental. Un planeta condenado a arder en llamas porque el experimento llega a su fin.

A medida que remonta el río en cuyas riveras se emplazan las comunidades que lo habitan, Hermano Quinto va conociendo sus diferentes estratos, sus puertos, los diferentes disparates del experimento Belcebú. Una suerte de Apocalipsis Now, un Corazón de las Tinieblas en segundo grado. Peces, ojos y triángulos, cruces, padres que son hijos y espíritu, trinidades por doquier, todo bien mezclado, son las bases de ese planeta construido como una realización literal y grotesca de la mitología cristiana. Y una Tríada que es tres y no es una y que parece ser la joya del Nilo.

Para entender dónde se está metiendo, Quinto apelará a una de las principales disciplinas en las que son formados los Hermanos Silentes, la “extricación”, el arte de entender y dar sentido a mundos tan diversos como pueden ser los que se despliegan en el mar de Ápeiron, antiguamente llamado Vía Láctea. De algún modo, los miembros de la Hermandad, además de además de monjes, además de asesinos profesionales, además de mercenarios, y casi sobre todas las cosas son semiólogos interplanetarios, capaces de remontar los ríos de los relatos, prestando atención a ríos, remansos y remolinos, para encontrar y rearmar algo de lo que haya ahí de verdad, “hilando e hilvanando” en las palabras de los otros lo que les permitirán entenderlos.

Y en ese entender, se armará el conflicto de siempre: alguien que pertenece a un lugar que le exige cosas que no está dispuesto a cumplir, la tensión y la traición.

Y por último, la belleza poética del lenguaje científico, que despojadas de su pertenencia disciplinaria y reinsertas en una tradición religiosa basada en los escritos de “Quintana y Gupta”, algo que se condensa en ciertos pasajes que Hernamo Quinto trae a colación aquí y allá, como en este pasaje: “El dolor es como la gravedad. Toda la realidad se curva sobre él”.

Esteban Prado, 20/4/2017

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *