Reseña, subrayado o algo así. Sobre “Revista de cine”

El Gran Pez empieza a convertirse en un lugar de microéxodos, un punto en el mapa de los que sigue los recorridos de lo menor. Así es que un día aparece Rodrigo Moreno guiado desde Buenos Aires por Damián Ríos para dejarnos los tres números de Revista de cine.

Y nosotros, que venimos armando el catálogo de cine con cariño, los recibimos felices. Los tres números están armados en un formato amplio, con colores plenos y letras blancas en las tapas y con interiores sobrios, ilustrados por imágenes que resisten bien -y se potencian por- la impresión blanco y negro. Algunos títulos imaginarios para las series de imágenes podrían ser “la luna, instrumentos de auscultación” (Nro 1), “estelas blancas y refracciones lumínicas sobre fondos negros” (Nro 2) y “abstraccionismo cóncavo al interior de una cueva” (Nro 3).

 

La revista es una apuesta autogesionada para dar voz y construir un diálogo de ida y vuelta entre los que hacen cine y sus críticos, que en este caso se solapan. El primer número, y probablemente los demás también, está nutrido de la polémica, el distanciamiento de la práctica habitual de la crítica mediopelo y la búsqueda de una articulación entre lo que se filma y lo que se dice: “la crítica tiene que forzar los materiales de los cuales parte. Tiene que poder ver más.”

Por esa vía, la revista tiene su inauguración a través de hacedores y charlatanes que se dedican al cine y establecen un diálogo. Tienen chispa, en la doble acepción del término: son creativos y son chistosos. Y además, al menos en potencia, podrían ser incendiarios. Y además, corren el peligro de durar menos de un segundo. Y también: de quedar registrados en un negativo.

“Cuando veo L´Atalante –y la veo relativamente con frecuencia-, siento que no he renunciado a ella, que no he renunciado a producir objetos del mismo orden. Es una cosa que me maravilla, es prácticamente el cine en estado puro.  Como cineasta, no he renunciado a la esperanza de que mi trabajo se acerque a eso. Y los cineastas con los cuales yo dialogo, tampoco.”

La partida de la revista está en el juego entre voces que piensan en el cine tal vez como un destino, el destino de la asíntota que va y va y no llega nunca, porque está claro que quieren reponer algo del Cine, y en ese ir hacia, no sólo van con sus películas sino también desde el discurso sobre…

La revista deja leer un manifiesto colectivo, algunas pretensiones sobre lo que debería hacer la crítica y unas cuantas afirmaciones de lo que buscan para el cine. En su artículo,  Juan Villegas se desdobla y actúa un diálogo en el que plantea que la Argentina es una excepción en los modos de producción habituales y parte del Teatro del Pueblo para remontar una tradición de arte independiente. Y polemiza con sus propios argumentos, se pregunta si los artistas que construyen películas increíbles lo harían mejor si se pudieran dedicar al 100% a su tarea y además cobrar por eso. “En teoría sí, pero en la práctica no”. Entre otras cosas, dice algunos de los alteregos de Villegas que acá discuten, el problema de las películas profesionales reside en que se trata de una profesionalización a medias. En relación directa, Mariano Llinás lo dice con todas las letras: “Algo hay que admitir: el Cine Independiente Argentino existió siempre en oposición a la Industria. Surgió como una voluntaria Némesis del Cine Nacional. A mediados de los años 90, el cine argentino había llegado a un extremo de inepcia y desvergüenza absolutas; más allá no se podía ir”.

Mundo Grúa representaba una esperanza. No era necesario integrarse, no era necesario obedecer, no era necesario ningún convencionalismo, no era necesario nada: sólo había que hacer lo que habíamos aprendido. Filmar como fuera, pese a todo y contra todos”.

Y así, de a poco, con la discusión Coral al frente, con Felippelli ordenando la historia de los nuevos cines, Villegas actuando sus despliegues argumentales y Llinás talibaneándola se arma un manifiesto aguerrido. Contra el demonio de la masividad, Llinás dice: “Te conozco, Demonio populista, y atrás de ti vienen la televisión y los actores famosos y el naturalismo y el costumbrismo y la añoranza por Esperando la carroza y sus tres empanadas.  Nuestras películas nunca fueron masivas, como no lo fueron El ciudadano, ni L’Atalante, ni Alemania, año cero, ni Shadows. Las verán quienes las vean. Las seguirán viendo quienes puedan, como ha sido siempre. Nuestro reino no es de este mundo, Demonio. Tu famoso público es una ilusión: no existe.”

La revista continúa con notas puntuales, Hernán Hevia, Víctor Erice, David Oubiña. Sergio Wolf, Rodrigo Moreno, Nicolás Zukerfeld, Pablo Gianera y Beatriz Sarlo completan las firmas. La revista cierra con la traducción de “Las diez taras del cine de autor” una traducción de un texto compuesto por diversos autores y publicado en Cahiers du Cinéma. 

Para cerrar, nos quedamos con un momento potente del texto de Llinás, en el que no queda nada implícito y parece hablarles directamente a ustedes, a nosotros:

“Y ahí va, con cientos de proyectos al año, con cientos de jóvenes cineastas que pasan de un taller al otro, de un país a otro, de cocktail en cocktail, convencidos de que el cine es eso, de que esa prolija serie de reglas de comportamiento es la manera que ha tomado su trabajo. Miles de cineastas, humillados, hablando frente a un tribunal de ignorantes como si fuera un examen de personal para un puesto en una empresa, hablando ese inglés de la CIA lo mejor que pueden, soñando con ganar y poder filmar. ¿Para qué? ¿No te das cuenta, rockerito, de que tu film ya no es nada, de que tu film ya no es tuyo sino que estás diciendo todas esas mentiras para filmarles la película a esos viejos siniestros que lo único que quieren es ganarse el próximo asiento en la Biennale o el próximo cuarto en el Hilton? Te equivocaste, rockerito. Nos equivocamos todos. Como dijo alguien que fue más cineasta que vos y yo juntos: un golpe de dados jamás abolirá el azar.

Largá los dados, pajarito. Enfrentá el azar.”

Esteban Prado, 29/7/2017

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