Los abuelos de Cobain – Reseña de Heavier than Heaven de Charles Ross

 

 

Hay algo en la biografía que engaña. Será que para el lector acostumbrado a la narrativa saber el final de la historia le permite leer distintos signos, o encuentra detalles que no encontraría si no estuviera aliviado de no esperar el final de la historia, no sé, pero algo hay. Un ruido, una trampa, un momento incómodo, otra trampa. Algo. Algo como para gritar que no es necesario que la narración (la vida del artista) sea premonitoria. Si hablamos de un hombre que se suicida a los 27 años con un arma de fuego, no necesariamente todos los suicidios con los que tuvo relación a lo largo de su vida ni todas las armas de fuego que tocó lo llevaron a ese final. Uno puede pensar que sí, pero no deja de ser eso, un pensamiento, una ilusión, una creencia sin más fundamento que la sucesión de hechos. Por eso el biógrafo engaña y quizás ni siquiera lo sepa. Todos los hermanos del abuelo de Kurt Cobain, nos informa el autor, se suicidaron, dos de un tiro en la cabeza y uno al no dejar de tomar alcohol, ya eso es tendencioso: ni el abuelo ni uno de sus hermanos, el borracho, se suicidaron, a no ser que aceptemos la ingesta desde un punto de vista médico y ahí sí, académica y torpemente, se puede llamar suicidio.

Hay, sin duda, dos problemas más, como mínimo: la excesiva propaganda a favor del amparo, el amor y la familia. Lo afirma casi directamente: si sus padres no se hubieran separado, Kurt Cobain nunca hubiese llegado al suicidio. Si sus padres lo hubiesen amado, estaría vivo. O hubiese muerto de causa natural. Y eso es horrible.

En la solapa dice que el autor obtuvo infinidad de premios por esta biografía y sin duda los obtuvo por el inmenso trabajo de recopilar datos de cartas, testigos, diarios íntimos, testimonios y vídeos, pero, por sus sentencias morales, por bajar un mensaje claro, aprovechando a una estrella de rock, deberían habérselos negado.

Hay que rogarlo: no más premios al escritor que nos dé por moraleja que solo la familia unida y el amor nos salvarán.

Otro problema es que protege mucho al protagonista, lo cuida, no lo expone: cuando habla de su contacto con una adolescente retrasada no nos hace ver que el héroe abusó de ella, eso no es posible, aunque con el tiempo entendamos que esa experiencia lo hizo cambiar de muy joven, el autor lo protege más de lo que el protagonista exculpó su pena. Y también protege a su viuda, no la juzga, lo cual no está del todo mal, pero tampoco da material para juzgarla, y bien se sabe que la turba de lectores debe salvar o lapidar a la concubina.

Entre los aciertos (que los hay, y muchos) se destaca el rejunte de personajes que dan vueltas alrededor del universo Cobain. Es, hay que decirlo, una biografía que podría haber sido escrita por Carver. Hasta Bukoswski, aunque al día de hoy debería meterle mano Carrere. Pero, para ser justos, los personajes que circulan son todos carverianos y eso lleva a una pregunta: ¿dónde está el límite entre los gustos del biógrafo y la vida real del personaje? A no ser que la sociedad yanqui sea así y el mérito de Carver haya sido retratarla mejor que nadie. Quizás sea así, o así sea. Los protagonistas parecen salidos del libro De qué hablamos cuando hablamos de amor. Por ejemplo, está el padre que queda destrozado cuando su mujer lo deja, que se detiene en el tiempo y no puede superarlo. La escena es, después del abandono, descripta en una cafetería donde padre e hijo comen un viernes a la noche. Se ve con claridad, el local es una de esas cafeterías que conocemos de las películas, quizás la de Pulp Fiction, donde la jarra de café llena la taza una y otra vez para prolongar el silencio familiar después de una cena de comida chatarra, incluso uno puede imaginar al padre con un pantalón pijamas y una campera cerrada arriba, detenido en el tiempo por el abandono de su mujer y al hijo que mira la taza vacía, juega con la cuchara y levanta la vista para encontrar algo que su padre ya no tiene.

Y hay más. Tenemos la escena memorable de los adolescentes perdidos que para comprar alcohol tenían que recurrir a un adulto, ebrio, obeso, que no podía casi moverse, y que ellos mismos tenían que levantar de la pereza de su cama mugrienta y arrastrar hasta la licorería para que les comprara algo para ellos y algo para él, como forma de pago.

Y está la escena de los chicos que se van a un lugar alejado de la ciudad, pero no para evadirse de ella, sino para mirarla desde lejos, y se suben a un tanque de agua desde el cual entender desde otra perspectiva que están creciendo, que deben ser algo.

O está el personaje de la madre, aferrada a amantes ocasionales que puedan mantenerla, donde el autor cae en el recurso del alcohol y la vagina, uno para soportar la realidad y lo otro para tener un marido, un plato de comida y el estatus social de no morir sola.

Hay, también, escenas que no gustan, que son difusas, desabridas, estereotipadas, como la historia donde Kurt Cobain lleva dos chicas a su casa para debutar con una de ellas y su madre lo descubre y lo echa en medio de una tormenta, sacando a una de las chicas, desmayada por los excesos, en brazos, como si fuera un video o una escena bíblica donde el hombre enamorado ofrece al cielo enojado a su amada. La escena es una vulgar marca holyvudense, un lunar mal puesto en la mejilla.

Sin embargo, Kurt Cobain está ahí. No Nirvana. Hay poco del grupo, porque, quizás, el grupo nunca existió. Decir que Cobain fue Nirvana parece una sentencia sencilla de pronunciar, tienta denigrar al gigante bajista de dos metros y convertir en empleado al baterista que largó la batería para ser el frontman de Foo Fighters. Se habla de los recitales de Nirvana en medida de éxito, y quizás sea la peor forma de juzgar al punk. Se critica las performances en Brasil y sin embargo, al ver la desprolijidad y la calamitosa naturalidad de esos recitales en Youtube, uno está más cerca del auténtico Kurt Cobain, por eso, las pocas veces que lo hace, es acertado que el autor haga quedar como un mentiroso a su protagonista. Por ejemplo, que el autor diga que Cobain exagera cuando afirmaba que durmió un tiempo bajo un puente, que el autor afirme que es mentira cuando Cobain contaba que recuperó las armas que su madre le tiró al río a uno de sus amantes y que las vendió para comprar su primer guitarra, está muy bien, y más cuando el autor documentó que Cobain hacía años que tenía una guitarra antes de ese incidente. O la anécdota donde Cobain se anotó en lucha libre para satisfacer el deseo deportivo de su padre y en un combate se dejó vencer tirándose como un bicho bolita para humillar a su padre, pero la historia, según sus compañeros de equipo, es mentira, si hubiese sido real ellos lo hubieran cagado a palos, y si lo hubieran cagado a palos, lo recordarían: nunca se olvida a un hombre que se golpea.

Hay mucho por leer en este libro enorme, hermoso, inabarcable, mucho por hablar, y quizás el mejor resumen de esta biografía (y de la industria musical, editorial, neoliberal y de la humanidad) está en una de las tantas ilustraciones de Kurt Cobain que el autor encontró entre los papeles dispersos: hay un pescador de cara al río que en el acto de lanzar la carnada se engancha el anzuelo en la espalda y tira –imaginemos- y tira cada vez con más fuerza para levantarse la piel, los músculos y dejar a la vista los pulmones y el corazón hinchado del aire del río que le entra ahora sí por la espalda verdaderamente desnuda.

 

Sebastián Chilano, 6/8/2017

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *