Tres subrayados (y un hilo) de Quema, la novela de ciencia ficción postapocalíptica de Ariadna Castellarnau

Le pide que lleve a su hermano menor a cazar y que tenga cuidado.

-En lo profundo hay cosas –le dice la madre-. Lo profundo es malo.

Amarillo asiente en silencio. La madre no lleva puesto el parche. El ojo vacío se abre hacia adentro como el cráter de un volcán. Hay algo obsceno en ese ojo, algo que impulsa a tocar y luego oler la punta de los dedos.

-¿Por qué no llevas el parche? –pregunta Amarillo.

-¿Qué parche? –replica ella.

-Tu parche.

-No sé de qué hablas.

-El parche que tú misma cosiste para que no viéramos eso.

Ella se cubre el ojo con una mano y da unos pasos hacia atrás, horrorizada.

-No eres hijo mío. Algo como tú no puede ser hijo mío –dice.

Teo se interpone entre los dos.

-Mami no quiere llevar el parche –apunta.

-Tu hermano entiende –dice la madre-. Él es bueno. No como tú, Amarillo.

Desde lo del padre, ella no lo llama más por su nombre. Amarillo por el color de piel. Versión primitiva de los genes familiares. Feo no. Pero tampoco bello. Elemental como un ídolo prehistórico.

 

*

 

Rudo nos llamó como a lugares de antes: Antártido, África y Siberia. Yo soy Siberia porque él dice que de mí no puede sacarse nada bueno, que soy dura como tierra dura. Tan dura que ni color pudo salirme del pelo. Desde que tengo memoria mi pelo es completamente blanco. Cuando le pregunto a Rudo si hay otras personas como yo, me contesta que sí, que los demonios o los viejos. Me río. Los demonios no existen y nadie se hace tan viejo ahora como para que se le quede el pelo blanco.

 

*

 

Desde que tengo memoria mi pelo es rojo. Nunca vi fotografías mías de bebé pero según me contaron parecía una bruja. Mi madre en cambio era rubia y tan bella que cortaba la respiración. Es duro criarse con alguien así, percibir que alrededor de la mujer que te trajo al mundo hay un vacío que no podés llenar, el vacío que crean a su alrededor las personas que poseen una belleza insalvable y a las que sólo puede adorar. Yo, a mi madre, la despreciaba.

Mi madre era estúpida. No hablo de la necedad. Hablo de la falta más flagrante de razonamiento. Boba, deficiente, retrasada. Mamá tenía un agujero en el centro de su cerebro, justo en el lugar que debería haber ocupado la inteligencia. Ese agujero no había hecho mella en su cara pero eso no significaba que pasara desapercibido. A veces se le emborronaba la mirada y entonces afloraba esa zona gris y difusa oculta bajo su precioso hueso frontal y yo podía reírme un poco de ella, lograr que me resultara repulsiva. Desde bien pequeña aprendí a dominar la influencia que ejercía la belleza de mi madre sobre mí. Es por eso que no enloquecí. Es por eso que sobreviví. Cuando llegó el mal yo ya estaba entrenada. Había aprendido a someter cualquier poder. No hay demasiada diferencia entre la belleza más extrema y el horror más extremo. Son dos aberraciones.

 

Santiago Fernández Subiela, 13/08/2017

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