Limónov de Emmanuel Carrère

 

 

Si de alguien se puede afirmar que tiene oficio, es de Carrère. ¿Oficio de qué? ¿Escritor, historiador o ambos? En este caso se mete con un ruso. Aunque haya nacido en Ucrania, Limónov es ruso. Si es complejo analizar este tipo de nacionalidades para el occidente europeo, quizás para un sudamericano lo sea más. Y Carrère, en este caso, hace trampa. Una trampa hermosa, que lo enaltece. El buen escritor francés recurre a su madre. Usa sus conocimientos, la cita, se enorgullece de los logros de su madre y no deja de nombrarla. A saber, su madre, Helene Carrère D’Encausse escribe El fin del imperio soviético y el marxismo y Asia y se consagra como especialista en esa vasta unión de repúblicas.

A diferencia de la biografía de Kurt Cobain que leí hace poco, lavada como carne que se saca del congelador y se pasa por agua para que no huela mal antes de llegar al fuego, Carrère no disimula ninguno de los errores ni las monstruosidades de su personaje Limónov. Se para en un lugar claro, no es juez, ni quiere serlo, es más, muchas veces quiere ponerse del lado del lector. Al escribir sobre alguien real, por más malo que sea (y Carrère tiene la experiencia de haber trabajado esa formidable biografía sobre el mal que es El Adversario) el autor no puede dejar de sentir empatía por su personaje, y él, Carrère, quiere ponerse del lado del lector, olvidarse todo lo que sabe sobre el ruso y juzgarlo junto a nosotros, como si leyera por primera el manuscrito que trabajó durante años.

Limónov tuvo su infancia gris y dura. Tuvo un padre al que admiró por portar uniforme hasta que entendió que su padre no era un soldado, ni siquiera era valiente, era un burócrata que trasladaba prisioneros. Limónov tuvo una adolescencia más gris y más dura y se une a los que tiene que unirse para sobrevivir, y eso lo obliga a lo habitual, aplastar a los débiles. Limónov es la historia del género masculino repetida una y otra vez. Rusia tiene para el adolescente días difíciles, una mujer a la que ama y el destino de paria en los círculos clandestinos de la disidencia en la Unión Soviética. Todo esto lo empuja al exilio. Sin embargo esa vida primigenia le dará el material que más tarde consagrará el primero de sus sueños: ser escritor.

Exiliado en Nueva York es vagabundo y mayordomo. Es heterosexual y marica. No por nada su primera novela publicada en Francia, además de autobiográfica, se llama El poeta ruso prefiere los negrazos. Hay varias escenas donde Limónov entiende el mundo. Miremos una: Limónov es mayordomo de un hombre rico, es decir, disfruta de todos los lujos de la riqueza sin tener que generarlos ni mantenerlos, su patrón asiste a una reunión en una mansión contigua donde reciben a un integrante de las ONU. Limónov se entretiene apuntándoles desde una ventana con un rifle, a uno y a otros, hasta que entiende que se está jugando su destino: si aprieta el gatillo y mata al que acaba de reconocer como secretario de la ONU, Kurt Waldheim, se hará famoso, sus libros serán leídos por generaciones, se hará inmortal. Y él, solo, debe decidir qué hacer.

Pero dejemos de Limónov con el dedo en el gatillo que para hablar del ruso tenemos esta obra de Carrère, y hablemos del autor francés. Hablemos de su método. Hay algo que funciona muy bien en lo que hace. O todo funciona muy bien. Pero el todo es generalidad y el algo sirve de ejemplo: Carrère suele contextualizar de varias maneras la realidad de sus protagonistas. Una de esas maneras es con una anécdota personal o familiar propia y así nos enteramos del viaje de la madre de Carrère a la URSS, de su propia experiencia en Tailandia (donde quizás vivió lo suficiente para idear esa novela/película que es El bigote) y también nos enteramos de una de las primeras entrevistas que Carrère hizo, y fue nada menos que a Herzog. Pero el asombro de la historia que va a contarnos no se detiene ahí, Carrère nos cuenta que Herzog lo trató tan innecesariamente mal y que ese destrato, visto a la distancia, como ve la biografía de Limónov, le resulta tan innecesario como humano. Carrère escribe: “No quiero hablar ni de neonazis ni de exterminación de presuntos inferiores, ni tampoco del desprecio exhibido con la sólida franqueza de Herzog, sino del modo en que cada uno de nosotros se adapta al hecho evidente de que la vida es injusta y los hombres desiguales: más o menos hermosos, más o menos dotados, más o menos armados para la lucha. Nietzsche, Limónov y esta instancia en nosotros que denomino fascista dicen al unísono: Es la realidad, es el mundo tal cual es. ¿Cabe decir otra cosa? ¿Cuál sería el contrapeso de esta evidencia?”. La otra forma de contextualizar a su personaje es contar qué pasa con la política de su país en simultáneo con su vida: en un determinado momento nos dice que mientras Limónov estaba en tal lugar, al mismo tiempo un desconocido Vladimir Putin era un oscuro y renegado taxista en Moscú; en otro nos cuenta que Limónov estaba en la cárcel mientras masacraban a terroristas y rehenes para liberar el teatro Dubrovka. En resumen, Carrère no anda con vueltas, tiene en claro qué nos quiere contar y nos lo dice: por más que suene pretencioso, quiere contar la historia de occidente desde la muerte de Stalin en adelante, y sobre todo desde la mirada de ese enorme y desparejo pueblo que estuvo bajo sobre su mano. Para entender esto elijo, por último, un subrayado:

“El totalitarismo, que en este punto decisivo la Unión Soviética llevó más lejos que la Alemania nacionalsocialista, consiste en decirle a la gente que allí donde ve negro es blanco, y obligarla no solo a repetirlo, sino, a la larga, a creerlo (…) Lo resume así uno de mis historiadores preferidos, Martin Malia: El socialismo integral no es un ataque específico del capitalismo, sino contra la realidad. Es una tentativa de abolir el mundo real, un intento condenado a largo plazo, pero que durante un determinado periodo consigue crear un mundo surrealista definido por esta paradoja: la ineficacia, la penuria y la violencia se presentan como el bien supremo. La abolición de la realidad implica la de la memoria. La colectivización de las tierras y los millones kuláks asesinados o deportados, la hambruna organizada por Stalin en Ucrania, las purgas de los años 30 y los millones adicionales de muertos y deportados de un modo puramente arbitrario: todo esto no había sucedido nunca. Por supuesto, un chico o una chica que tuviese diez años en 1937 sabía muy bien que una noche había venido un agente a buscar a su padre y que después nunca habían vuelto a verle. Pero sabía también que no había que hablar de ello, que ser el hijo de un enemigo del pueblo era peligroso, que más valía actuar como si nada hubiera pasado. De este modo todo un pueblo hacía como si nada hubiese ocurrido y aprendía la historia según el Curso Abreviado que el camarada Stalin se había tomado la molestia de escribir él mismo”.

 

Sebastián Chilano, 2/9/2017

 

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