El amo bueno de Damián Tabarovsky

 

 

Damián Tabarovsky, tenemos la sospecha, publica sus libros en la editorial en la que trabaja porque no puede hacerlo en otra parte. Sin embargo, esto es mentira. También ha publicado en esa falsa editorial independiente que se llama Caballo de Troya y que viene a ser la traición de la traición. El prejuicio nos dice que quien apela al ardid es el débil y no el que está sobrado y sin embargo ahí es al revés, la española Caballo de Troya es el ardid de Mondadori para también disputar su parcela en el terreno de las independientes. Pero no importa.

Estábamos en la pregunta mal intencionada de si Tabarovsky se autorrecomienda en la editorial que dirige porque no puede salir en otra parte. Considerar esto un problema, la “autopublicación”, hasta la creación de un catálogo que acompañe la publicación de los libros propios, es la base del esquema de nuestra injuria y sin avisar se transforma en el señalamiento de nuestra pacatería. ¿Por qué? Porque la lectura en esa clave pareciera señalar que un escritor siempre depende de los otros, que no pueden unirse en una persona la escritura y la edición, que algo pecaminoso hay en eso.

El amo bueno se llama el libro y tiene y sostiene un trabajo de despliegue y repliegue en el que avanza y se pregunta, en el que trae a colación amigos muertos sin el recelo del homenaje y además introduce líneas que parecen ajustes de cuentas, pases de facturas, anecdotario de unos contados por otros y todo retomado por este Tabarovsky que se mueve en el terreno con la liviandad del que dejó de saber lo que hace y que va de Fogwill a Parker de Parker a la música y de la música a las vacas, a la vaca, a la vaca de Vignole, una suerte de performer escritor de los 40 porteños que pasó a lo posteridad, nos dice Tabarovsky, a través de las memorias de Pablo Neruda, el típico escritor que se pasa la vida “evitando el papelón”: si Vignole hubiese sido un genio, Neruda hubiese quedado como el estúpido que no lo nombró en sus memorias.

Y de nuevo Tabarovsky despliega y Tabarovsky repliega: “Vuelve Vignole a su olvido –del que nunca debió haber salido-, vuelve ya El Porteño a ser tesis de doctorado de un estudiante de Comunicación Social deseoso de conocer el underground de los 80. Dobla Charlie Parker otra curva, vuelve Fogwill a morirse, pero queda la vaca”. Y esa vaca nos lleva a los perros que cavan, juegan y ladran en el jardín del escritor.

No es asociación libre, está bien atada, no es monólogo interior, interior de qué, pero tiene unos ojos, ve a los testigos de jehová pasar, y parece tener un presente que invita a estar ahí, en ese “ahora”. Y la vaca ya empieza a ser perro y a tener nombre, se llama Tato y caza moscas.

Entonces, el disparate se pregunta, cuándo triunfó el eufemismo, está hablando del desierto, de la conquista, de la pacificación. Y se pregunta, cuándo nace el eufemismo argentino. Y el eufemismo parece estar en el centro de la epistemología política nacional. “El eufemismo argentino lleva un nombre: desaparecido”.

“¿pero realmente ya lo sabemos todo?, ¿realmente no hace falta aclarar nada más?”

Entonces, enseguida, hay que volver a pensar, volver a decir, porque “lengua ruinosa la argentina que pasa de la conquista a la desaparición”

“La conquista incluye la matanza, el exterminio, la toma de rehenes, las violaciones, las extracciones, la carnicería. Las víctimas. Y los restos de las víctimas. El relato evidente de lo que sucedió, de la tragedia convertida en gozo. ¿Qué incluye la desaparición? La suspensión. La suspensión de toda temporalidad, de todo relato,d e toda narración. No hay hechos, o mejor dicho: los hechos no están. Están suspendidos. Los hechos han sido echados.”

Entonces, “hay que narrar. Pero hay que narrar en una lengua quebrada”.

 

Repentinamente termina la parte uno. El reseñista sale del trance de lectura y cree entender el motivo del título, El amo bueno. Pero guarda la sospecha y no blanquea, parece arriesgado, tiene miedo, como Neruda, de hacer un papelón.

El amo bueno “no dice ‘aceptame como soy’, dice ‘Entendeme, ponete en mi lugar’. ¿Y por qué deberíamos ponernos en su lugar, en el lugar del amo? Ese pedido no es insoportable por exceso de ética, comoo en el pedido del judío, es otra cosa: inaceptable. Es lo injusto radical. No hay fragilidad en el amo bueno, no hay empatía, no hay comunidad, aunque cada una de esas palabras sean proferidas una y otra vez. Es difícil oponerse al amo bueno, la violencia que ejerce ya no es violenta, al contrario, es una violencia pacífica, la fuerza tranquila, el método del diálogo, el consenso hueco, la conversación como horizonte último de la época.”

Tabarovsky escucha fantasmas, escucha a Virgilio Piñera, que dice ser la gota de agua en el río de Lezama, en los mares de Góngora y Quevedo, en el océano de Cervantes. Pero su fantasma no es Piñera, es otro, que le dice, “seguí, seguí por ese camino”, el camino del agua, porque la sombra de la gota de agua que se evaporó también puede ser importante en esta historia de palabras gastadas. Y a medida que avanza el libro y que ponemos en Youtube “Ride Me” de PJ Harvey para escuchar el estribillo, “Lick my legs, I’m on fire. / Licks my legs of desire/ Lick my legs, I’m on fire. / Licks my legs of desire” y para confirmar una vez más como hace quince años que mejor era ir directo al imperio y aprender su lengua que quedarnos en las traducciones en la boca de Érica García. Y todo esto pasa, en la cabeza del reseñista, porque en el libro está esa partitura, la que dirige al coro y a la coreografía de fantasmas que pueblan nuestra cabeza.

Después sigue el libro y sigue la lectura, pero empezamos a retacear el relato del camino por miedo al papelón pero sobre todo por miedo al spoiler, lo único que parece no estar permitido en nuestros días. Pero spoiler de qué en este novela del fin de la novela, precisamente de eso, de lo que viene después, los perros y sus ladridos.

La mala leche del comienzo, herencia del citado Fogwill, aquello de que Tabarovsky publica en Mar Dulce porque no puede hacerlo en otra parte, nos hace leer en el libro una respuesta anticipada, para escribir como escribe no se puede tolerar la intromisión del otro, escritor sin público, editor de sí, Tabarovsky sigue:

Hay algo en esos ladridos que no se dejan atrapar, como un desborde, un exceso, el excedente de algo que no se puede reproducir, como la deserción de cualquier representación. Tan abiertos que parecen, tan inmersos en el barro, en el barrio, en la ciudad; tan amplios y desprejuiciados que parecen; tan livianos y aéreos; tan claros y permeables que parecen; en verdad son cerrados, cerrados sobre sí mismos, autónomos, o al menos viven bajo la ilusión de la autonomía.

 

Esteban Prado, 9/9/2017

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